A las corridas desde Yerevan hasta Tbilisi | Viajando con Fran

A las corridas desde Yerevan hasta Tbilisi

Me levanté temprano y fui caminando hasta la estación de buses de Yerevan, la capital de Armenia. Mi objetivo era llegar a Tbilisi a la tarde porque tenía una cita con una chica que había conocido en Tbilisi, unos días antes. Fui con tiempo, pero no me di cuenta que no tenía suficiente efectivo. No tenía suficientes drams para pagar el bus. Fui a cambiar dinero, y el bus se fue.

El problema es que esos buses no salen hasta que no se llenan de gente. Así que me senté tranquilo a esperar a que alguien llegara. Terminé esperando 2 horas. Y lo peor de todo, fue que por los primeros 100 minutos no había ni un pasajero más que yo. Si bien había salido del hostel con buen margen de tiempo, el margen se había achicado notablemente.

Para pasar el rato me puse a conversar con los 3 conductores georgianos que también esperaban pasajeros. Yo estaba enamorada de Georgia para ese entonces, por lo que hablamos (google translate de por medio) de todo un poco. Como estábamos usando el traductor pudimos sobrepasar la típica charla de fútbol que surge cada vez que digo que soy de Argentina. Menos mal, ya me tenía cansado hablar de Messi y Maradona (por más que reconozco que abre puertas a lo loco).

Y no sé cómo, terminamos hablando de mujeres. No les gustó mucho que les dijera que las armenias me parecían más atractivas que las georgianas. En realidad, no me gustaban ninguna de las dos. En realidad, no tiene sentido hacer semejante generalización. Pero no me iba a poner a darle una explicación “filosófica” (traductor de por medio), sobre mi manera de pensar respecto de las mujeres.

Y cuando les conté que necesitaba que se apuraran porque tenía que llegar a tiempo para una cita que tenía con una chica rusa, se mataron de la risa. Al principio no me creían. Hasta que les mostré una foto. Entre algunas palabras mías en georgiano y otras en ruso, algunas de ellos en inglés, más el traductor, nos divertimos mucho.

El problema era que todos estaban de vacaciones. Tranquilos. Era sábado. Yo suelo ser muy relajado en este tipo de situaciones. Pero justo en este caso, necesitaba apurarme. El problema era que no tenía cómo comunicarme con la chica y no me gusta no cumplir con mi palabra. Además que ya llevaba esperando 2 horas. Ya quería arrancar, ya quería moverme.

La gente parecía que actuaba en cámara lenta. Yo no sabía cómo hacer para que se apuraran. Después de que cargaron sus cosas, finalmente partimos.

Yo me había sentado en un lugar que tenía mucho bastante espacio. Había esperado 2 horas y además era el más alto (recuerden que mido casi 2 metros). Pero el chofer me mandó atrás porque una señora con su marido, que habían llegado al último de todo, pidieron mi asiento de la fila de adelante. La pareja hablaba georgiano, pero vivía en Los Angeles. Hasta que no supe que hablaban inglés, no tenía muchas herramientas para discutirles.

No se los quería dar, no tenía sentido. Porque ellos y no yo? Adelante había mucho más espacio, yo era mucho más alto que cualquiera de ellos. Les dije que no varias veces.

Hasta que me cansé y con tal de que saliéramos más rápido, les dejé mi asiento adelante y me fui al medio de la fila de atrás. A sofocarme de calor al fondo. Sentado en el medio entre un chico militar armenio, y una mujer que se creía París Hilton y no le daba el pine.

Fueron 5 horas viajando con esos personajes.

Paramos a cargar gasolina. A comer. A tomar. A ir al baño.

Normalmente no me hubiera molestado. Pero ya había esperado 2 horas para salir. Quería llegar rápido. Sin lugar a dudas que si hubiera hecho autostop, hubiese llegado más rápido. Es esa región nunca se espera más de 10-15 minutos. Nunca 2 horas. Y seguramente me hubieran tratado mejor.

paisaje+motañas+armenia yerevan tbilisi

Al menos los paisajes eran lindos cada vez que parábamos.

Volvimos por otro camino dentro de Armenia, que igualmente terminaba en el mismo cruce de frontera. Pero, por suerte, estaba en muchas mejores condiciones que ruta que habíamos tomado al entrar al país.

Estaba llena de curvas que cortaban las montañas y que el conductor tomaba a altas velocidades. Haciéndonos saltar de los asientos y movernos de un lado al otro.

Me puse los auriculares con música tranquila, para relajar. Porque el conductor tomaba las curvas cada vez más fuerte. Bien por un lado, porque iba a llegar rápido. Mal por otro, porque era un peligro. La música me calmó.

En la frontera, pasé migraciones sin problemas. Pero la aduana me paró. Me retuvieron varios minutos y yo no entendía lo que pasaba. Todos los personajes del bus pasaron rápido, y mí me obligaron a quedarme en el lugar. Me escanearon, y hasta me trajeron al perro para que me oliera a mí y a mis mochilas.

La oficial tenía un listado de caras e iba viendo, analizando no se qué cosa, y marcando otras. Iba pasando de perfil en perfil y cada tanto me miraba y miraba el pasaporte. Como 10 minutos. Yo estaba tranquilo, porque no tengo nada raro, ni nada que ocultar. Simplemente quería que me soltaran para poder seguir viaje.

Lo que más me sorprendió fue cuando trajeron el perro. Tanta cara de narco tengo? Las únicas 2 veces que crucé una frontera en musculosa donde se veía la cadena de oro, me pararon. Ya aprendí. No lo hago más. Habrá algún código que diga que si sos latino, tenés una musculosa y una cadena de oro, sos sospechoso?

Terrible discriminación.

Lo peor de todo es que me ha pasado en países que no se caracterizan por ser muy estrictos o “seguros” (Colombia y Georgia). En ningún país desarrollado me han frenado, es raro. Dicen que el que más discrimina es el más discriminado, será así?

Por suerte al final me dejaron pasar. Ya no los quería tanto a los georgianos, restaron un par de puntos conmigo.

El bus casi se va. El problema era que nadie sabía qué es lo que pasaba. Y no podían volver a hacer aduanas. El conductor se cansó y volvió a preguntar. En ese mismo momento me soltaron y salí corriendo al bus con el conductor para no demorar más.

Apenas cruzamos la frontera a Georgia, se largó una tormenta torrencial. Había muy poca visibilidad. Parecía una broma. Pasaban todas. Menos mal que no creo en las señales y todas esas cosas, sino no hubiera ido a la cita.

A los 5 minutos empezó a llover adentro de la camioneta. No mucho, pero algunas gotas. Ya era demasiado. Yo estaba con mis auriculares, tratando de reír para no llorar. Toda la situación era tragicómica.

A los 20 minutos, cien vacas (sin exagerar) se cruzaron en la ruta. Si no hubiera tenido la cita pactada, pero sobre todo si no hubiera estado incomunicado sin posibilidades de avisarle que llegaba tarde, hubiese sido extremadamente cómico. Pero en esta circunstancia me estaba poniendo un poco nervioso. Era una tras otra. Cuando creía que ya estábamos bien, aparecía una situación nueva.

Me puse los auriculares y me aislé.

No siempre tengo ganas de hablar con todo el mundo y hacer el esfuerzo de interactuar en el idioma universal de las señas y la buena onda porque no tenemos lenguajes en común. Cansa, cansa mucho. No tengo ese carisma, no tengo esa personalidad. No tengo esa paciencia. Y menos ese día.

Finalmente llegamos a Tbilisi, después de 5 horas de viaje (más 2 de espera). Haciendo autostop, a la ida, creo que tardamos menos de 4.

Tomé taxi al hostel, me bañé corriendo, le avisé a la chica del hostel que volvía por varios días, tomé taxi al centro y me encontré con la chica de Rusia. Todo salió bien. Parecía un episodio de una serie norteamericana, tipo “Friends” o “How I met your mother”. Llegué todo impecable, a las corridas, sólo 5 minutos tarde. Y ella ni enterada que acababa de cruzarme de otro país por verla, y que las había pasado todas en el camino. Por suerte todo salió bien.

Al final de la cita, la despedí porque se volvía a Moscú, y yo volví al hostel.

Los siguientes días en Tbilisi llovió como nunca. Casi todos los días lluvia. Me agarró un dolor de garganta terrible que no podía tomar ni agua por varios días. A todo esto, Agustín seguía en Armenia.

Me la pasé en el hostel. Escribiendo, y hablando poco y nada porque me dolía. Conocí unos chicos ucranianos que me terminaron de convencer de visitar su país y me reencontré con Yolanda, la chica de China que había conocido en Batumi.

Le mandé unas fotos de mi garganta a mi tía que es otorrinolaringóloga, y me dijo qué tenía que comprar en la farmacia y cada cuánto lo tenía que tomar. De a poco empecé a mejorar. Comía yogurt todo el día. Hasta que un día no aguanté más. No podía seguir esperando a Agustín en Tbilisi. Estaba cansado de estar dentro del hostel, por más que estuviera enfermo.

Así que agarré mis cosas y me adelanté en el viaje. Me fui directo a Baku, me fui a Azerbaiyán.

 

Mi espíritu emprendedor y mis ganas de conocer de mundo me llevaron a dejar atrás la vida de oficina y perseguir el sueño de convertirme en nómada digital. Siempre estoy buscando nuevas oportunidades, no me puedo quedar quieto.

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